¡Qué pena los negocios!

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¡Qué pena los negocios!

¡Qué fastidio lo anticuado que soy! ¡Qué pena los “negocios”! Pero el aborto… no era la solución

Las posturas acerca del aborto tienen dividida a la sociedad ecuatoriana. Lo dije en mi comparecencia en la Asamblea: nadie parece percibir que estamos “en el mismo bote”. Solo que remando en direcciones opuestas, en lugar de buscar una solución justa para todos.

Según Ulpiano, justicia es dar a cada quien lo que le corresponde. John Rawls añade “según sus necesidades”. La ley que tramita la Asamblea es injusta, porque solo atiende una necesidad: la de quienes exigen la tutela de su libertad sexual, ignorando la necesidad del otro sector: la vida. Y como Ecuador es un Estado de Justicia (art. 1, CRE) la ley es inconstitucional. Además, la ciencia no ha logrado aún impedir la tortura que conlleva ser arrancado del vientre materno, pues los métodos para practicar el aborto destrozan el cuerpo del feto. Y la tortura está prohibida por la Constitución (art. 66) y por el Estatuto de Roma, ubicado por encima de la Constitución y de la sentencia de la Corte Constitucional (art. 424, inc. 2 CRE). Y los ases le ganan a las jotas… creo. Eso le da jurisdicción a la Corte Penal de La Haya, donde va a terminar este asunto para todos los involucrados en la aprobación de esta ley. Y eso es lo que debe analizar la Asesoría Jurídica de la Presidencia: si la ley viola la Constitución y los instrumentos internacionales de Derechos Humanos. Y si es así, sugerir el veto. El presidente no puede aprobar una ley que legalice la tortura en este país porque está prohibida. La Asamblea podría enviar una ley fundada en la política de salud que el Gobierno demostró que podía realizar: la inoculación de 9 millones de implantes que impidan la fecundación, sin necesidad de destrozar el cuerpo del niño. Pero claro: se dañaría el descomunal mercado de órganos fetales que esta ley va a generar.

Chesterton dice que “a cada época la salva un pequeño puñado de hombres que tienen el coraje de ser inactuales”. De ir contra la corriente. De pensar. Pero añade: “No hay peor insulto para el hombre moderno, que ser llamado anticuado”. ¡Qué fastidio lo anticuado que soy! ¡Qué pena los “negocios”! Pero el aborto… no era la solución.