Columnas

La estrategia de la mala fe

Ahora, fiel a su incontinencia emoticónica, evita discutir sobre esos muertos despachando una retahíla de caritas rientes. Es una vergüenza

Escándalo de engaño público en la capital: el inescrupuloso alcalde de Quito, Jorge Yunda, promocionó como pruebas PCR (las más efectivas para la detección del coronavirus) unas que no eran sino pruebas LAMP compradas con sobreprecio, tan inseguras por su baja sensibilidad que fueron desaconsejadas en varios países, incluso el de su fabricación: Corea del Sur. Algunos funcionarios del área de Salud del Municipio, entre ellos la científica Linda Guamán, conocieron del engaño (que probablemente causó muertos) y hoy se encuentran procesados por la Fiscalía General, junto al alcalde, en relación con el caso.

Ocurre que a alguien en el Concejo Metropolitano y a alguien más en las redes sociales se les enredó la nomenclatura en la cabeza, como es común y le pasa a cualquiera. En lugar de LAMP, dijeron LED. LAMP son las pruebas truchas; LED, como todo el mundo sabe, un diodo emisor de luz eléctrica; más claro: un foco. Ruidosa algarabía de los implicados. Linda Guamán acumuló emoticones de caritas llorando de la risa, adjudicándose la confusión de términos como una victoria personal. ¿LED? Jajaja, ¡qué bruto! ¿Y así quiere discutir conmigo? Lo propio hizo su abogada, María Dolores Miño, embarcada en una cruzada tuitera que no escatima insidiosas groserías contra personas respetables. En su caso fue una acumulación de caritas de payasos. Como si el lapsus (LED por LAMP) descalificara a las personas que incurren en él, diera el debate por zanjado y borrara la contundencia de los hechos, que son mucho más graves: LAMP por PCR.

Un prolongado jajaja seguido de una hilera de caritas rientes. Y punto. Así se ganan los debates en las redes sociales. No es, desde luego, ninguna novedad. Salvo que este, que debería ser un recurso propio de trolls y de mercenarios anónimos, aparece ahora (usado con idéntico desdén y superioridad moral o intelectual) en las cuentas de personas dedicadas a la ciencia y al derecho. Lo cual es, simplemente, desolador. Porque en las personas de ciencia y de derecho se espera que prevalezca la contundencia de los argumentos, no el estruendo de los aspavientos. En las personas de ciencia y de derecho debiera primar una rigurosa fidelidad a los hechos. Y ser fiel a los hechos significa sentirse, por simple honestidad intelectual, incapaz de eludirlos mediante pretextos deleznables, como por ejemplo, un lapsus. En un debate honesto, un lapsus se disimula o se corrige sin sorna. Valerse del lapsus de un contradictor para burlarse de él, desacreditarlo y sacar ventaja en el debate, como hacen Guamán y Miño, es indigno de personas de ciencia y de derecho. En realidad, de cualquiera.

Fidelidad a los hechos, honestidad intelectual... Apenas dos formas de referirse a un valor que nos concierne a todos: la buena fe. En los tribunales, la buena fe tiene un nombre técnico: lealtad procesal. Los abogados se rasgarán las vestiduras por protegerlo. Sin embargo, fuera de los tribunales, es cada vez más común verlos incurrir en una pavorosa deslealtad para con el debate público, que para el caso viene a ser lo mismo.

En cuanto a Linda Guamán, los jueces determinarán su culpabilidad o inocencia. De lo que no se puede dudar a estas alturas es de su mala fe. “Las flores guárdalas para los muertos”, le escribió un científico de la UDLA que le había advertido sobre el desastre de las pruebas LAMP y a quien ella respondió con un emoticón de girasol. Los muertos de las pruebas truchas, se entiende. Ahora, fiel a su incontinencia emoticónica, evita discutir sobre esos muertos despachando una retahíla de caritas rientes. Es una vergüenza.