Por los que se van

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Por los que se van

La culpa es nuestra por desperdiciar nuestros talentos. La culpa es nuestra por obligar a muchos ciudadanos a arrojarse al abismo ya que nunca se les construyó un puente.

En el Ecuador de la prosperidad, de los informes macroeconómicos hechos con más buenos deseos que verdades; en el Ecuador de los grandes conciertos, los autos del año y las grandes propiedades alimentadas por el dinero legal o ilegal que a la par fluyen por nuestra economía, no hay lugar al parecer para todos. Treinta mil ecuatorianos han salido del país solo en el último año, dejando atrás lo que alguna vez fueron. Compatriotas nuestros han perdido la vida en contenedores, en camiones, en el desierto o en la infame selva del Darién -uno de los lugares más duros y crueles del planeta-, víctimas de traficantes de personas.

Es difícil imaginar tal éxodo de ciudadanos. Lo entenderíamos en países que viven bajo la amenaza de la guerra, el yugo del comunismo o de una dictadura sangrienta, pero estas son cifras de un país que es considerado como una “isla de libertad”, pero que, al parecer, es inconsciente ante otras realidades.

Y esa realidad es la de quienes ya no están entre nosotros, buscadores de sueños que ahora duermen en la eternidad dejando huérfanos y familias destruidas por el dolor. La realidad de aquellos que no abrazarán a los suyos hasta pasados algunos años; de aquellos que romperán matrimonios o soportarán duras pruebas de amor forjadas por dolorosas distancias; la realidad de ser un país donde podemos tener niños y niñas bien alimentados, restaurantes llenos donde hacemos fila para ingresar y a su vez tener un terrible 27 % de niños menores de 2 años con desnutrición crónica.

Somos el país de los terribles contrastes. La culpa no es de los países destino de nuestros emigrantes, ellos tienen todo el derecho de regular el flujo de personas que ingresan a sus territorios. La culpa es nuestra, de los gobernantes que se olvidan de regiones enteras donde emigrar es la única manera de lograr un sueño. La culpa es nuestra por creer que existen ciudadanos descartables. La culpa es nuestra por desperdiciar nuestros talentos. La culpa es nuestra por obligar a muchos ciudadanos a arrojarse al abismo ya que nunca se les construyó un puente.