Usos políticos de una tragedia

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Usos políticos de una tragedia

Candidatos en precampaña, funcionarios en líos, asambleístas en busca de notoriedad... Todos sacan provecho de la muerte

alejandro rodas coloma
Campaña. “¿Yo? Aquí, poniendo el hombro”, escribió Alejandro Rodas Coloma en su cuenta de Twitter, con esta foto de candidato a tiempo completo.TWITTER

La campaña por la Alcaldía de Quito arrancó el lunes 31 de enero, día del gran aluvión de la quebrada de El Tejado que arrasó los vecindarios de La Gasca y La Comuna, con los cadáveres todavía enterrados bajo montañas de lodo y escombros. Aún el agua no había terminado de precipitarse desde el cerro y ya los precandidatos correístas se desgañitaban en las redes sociales tratando de llamar la atención de los votantes y del presidente prófugo, única voluntad que cuenta a la hora de diseñar las listas. Sin recato ni vergüenza; sin medida ni clemencia. Un equipo periodístico de radio Pichincha, el medio de la prefecta Paola Pabón y sus amigos financiado con dinero público, se hacía presente en avenida América y La Gasca esquina para cubrir no tanto la tragedia sino el despliegue del equipo caminero pesado de la Prefectura. En días sucesivos llegarían también los asambleístas que quieren ser presidentes, los concejales que quieren ser asambleístas, los influencers que quieren ser concejales, cargados de picos y palas, calzados con botas de caucho, todos a dar cuatro paladas y sacarse la foto con la tensión del esfuerzo dibujada en el rostro. La ciudad estaba por contemplar el mayor despliegue de oportunismo chaquetero de lo que va del siglo. Ahí, sobre los muertos.

Candidato 1. El primero en reaccionar fue Wilson Merino, que    lleva la Alcaldía de la capital tatuada entre los ojos. Por Twitter, para que todos se enteren, ofrece albergue y ayuda.
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El primero en saltar al ruedo fue el influencer Wilson Merino (“papá, esposo, ciudadano, activista”) que desde hace meses lleva la Alcaldía de la capital tatuada entre los ojos. La misma noche del aluvión, pasadas las ocho, vía Twitter para que todo el mundo se entere, puso a disposición del alcalde Santiago Guarderas el albergue de la fundación que dirige “para cuidar a las familias afectadas por el aluvión”. Acompañó el mensaje con una serie de fotos de la cocina y los dormitorios, como esas que ponen en los trípticos promocionales de los alojamientos. Es evidente que, en cuestiones de este tipo, una llamada telefónica resulta infinitamente más eficiente, más expedita y más rápida para beneficio de los damnificados. Pero carece de los efectos publicitarios de un tuit, esenciales cuando se quiere ganar el favor de los electores. El siguiente paso de Merino consistió en ofrecerse como mediador para la gestión de donaciones. Mándenme ropa, medicinas y alimentos que yo me encargo de entregarlos: se trata probablemente del más predecible de cuantos mecanismos se han inventado para brillar con la generosidad ajena.

Candidato 2. Alejandro Rodas Coloma no perdió tiempo: la misma noche de la tragedia ya estaba inventando una campaña sucia contra el alcalde y convocando marchas de los barrios.

Alejandro Rodas Coloma, el otro precandidato que compite por los favores del correísmo, tampoco perdió el tiempo. Con el carril de la generosidad ocupado por Merino, él optó por la estrategia de la confrontación, harto redituable a la hora de la ira. Desde que se enteró del aluvión no ha dejado de exigir la renuncia del alcalde. “Yo no ofrezco albergue (escribió el lunes sin ocultar sus intenciones) sino una lucha incesante contra ese hampón llamado Guarderas”. Esa misma noche, mientras los pobladores de La Gasca desenterraban a sus muertos, él arrancó una campaña de desinformación según la cual el alcalde de Quito es accionista del cinerario de Urkupamba, proyecto ubicado en las faldas del Pichincha y a cuya construcción (que todavía no ha empezado, pero este es un detalle poco relevante cuando se está rabioso) se atribuye la causa del aluvión. La verdad es que ni se ha comprobado que Guarderas sea accionista del cinerario (él lo niega), ni parece probable (más bien todo lo contrario) que sea el cinerario el causante de la tragedia, empezando porque sus terrenos se encuentran en otro lugar de la montaña. No le hace: el candidato encontró un leitmotiv para su precampaña y los correístas (con troll center de por medio, según una investigación del pelagato Martín Pallares) amplificaron la mentira. “Cuando se entra a cualquier dignidad a punta de traición, deslealtad, ilegitimidad, hasta la naturaleza conspira para decirlo”, tuiteó sin asco Rodas Coloma a las 9 y media de la noche. A las diez y cuarto ya tenía organizada una “Gran marcha” de una tal “Unión de barrios por el buen vivir” para el día siguiente, martes 1 de febrero. Y otra para el miércoles 2.

Pero si a alguien le cayó de perlas la tragedia fue a la prefecta Paola Pabón. Ese mismo lunes 31 de enero por la mañana ella se encontraba, en rueda de prensa, tratando de salvar los muebles del escándalo ocasionado por sus recién descubiertos manejos financieros. Pabón acababa de imponer una contribución especial a la matriculación de los vehículos para costear, según ella, el mantenimiento de las carreteras. Supuestamente porque la Prefectura está baja de fondos. Al mismo tiempo, contrataba a dedo a su amigo Pavel Egüez, pintor de espantapájaros, para la realización de un mural absolutamente superfluo por medio millón de dólares. Y destinaba casi medio millón más, también a dedo, para Pichincha Comunicaciones, la empresa que gerencia su otro amigo, Orlando Pérez, por servicios de comunicación que bien podían suministrar (si no, para qué están) los 48 analistas, asistentes, supervisores y especialistas en comunicación institucional que trabajan en la Prefectura. “Basta de linchamiento mediático”, decía Paola Pabón esa mañana, “No más misoginia en este país”, como si sus cuentas alegres tuvieran que ver con su sexo. La prefecta necesitaba lavarse la cara urgentemente y lo hizo con lodo del Pichincha.

“Aquí no están los periodistas que nos critican, no los veo metiéndose en el lodo”. En sus reportes desde la avenida La Gasca para radio Pichincha, Orlando Pérez no se abstenía de ejercer la insidia entre los cadáveres. Radio Pichincha no cubrió la tragedia: cubrió a los equipos de trabajadores que desplegó la Prefectura; a los médicos de Pichincha Humana, un programa de la Prefectura; a los psicólogos de Warmi Pichincha, otro programa de la Prefectura cuyos servicios digitales salen carísimos; a los camiones y volquetas, palas mecánicas y excavadoras cuyas imágenes con el logotipo de la Prefectura se difundían en sus redes (¿son los mismos camiones que bloquearon Quito en octubre de 2019?). Y cubrió sobre todo a la prefecta: Paola Pabón caminando sobre el lodo; Paola Pabón planificando acciones entre los trabajadores; Paola Pabón multiplicando declaraciones anodinas del tipo “es una emergencia que ha dejado una secuela de dolor”, o “estamos brindando la atención que se requiere”; Paola Pabón participando en las labores de limpieza...

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Hubo guerras territoriales sobre la superficie lodosa de la zona de tragedia, con políticos disputando a dentelladas sus cotos de limpieza y desescombro. Por ahí llegó Pabel Muñoz para tomarse la foto con una cuadrilla de obreros. Y también hubo guerra en las redes, con políticos ávidos de sangre repartiendo responsabilidades como si fueran bizcochos, sacando provecho de la muerte, contando cadáveres con los dedos de ambas manos entre aspavientos de histeria. El 31 de enero, día del gran aluvión de La Comuna y La Gasca, arrancó algo más que la campaña para la Alcaldía de Quito: se inauguró la era de la política carroñera en el país.

Limpiar da votos

“Allá hay una concejal que no nos deja trabajar. Todo el día no nos ha dejado trabajar”. El video, que se hizo viral en el Twitter, muestra a un grupo de trabajadores encargados de la limpieza de la zona de la tragedia sin poder acceder al lugar donde se les espera. Mónica Sandoval, dicen, concejal correísta, ha llegado con un piquete de trabajadores que trajo desde Machachi y se ha adueñado del lugar, cerrándoles el paso: “No nos deja pasar, dice que quiere limpiar todo”.

En los vecindarios de La Gasca y La Comuna, la limpieza se ha convertido en un acto de proselitismo político del que participan entusiastas asambleístas y concejales aun a riesgo de entorpecer con su presencia el trabajo de los verdaderos especialistas.