El presupuesto y el gorila promedio

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El presupuesto y el gorila promedio

El nivel del debate sobre la proforma presupuestaria fue el acostumbrado en la Asamblea Nacional: bajo rasante.

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Correísta. Propaganda ambulante antes del inicio oficial de la campaña electoral, Blasco Luna lleva el nombre de su candidato inscrito en la camiseta.Asamblea Nacional

“Bien merecido se tenía clasificar a la siguiente fase, pero lamentablemente el fútbol es así”, se duele el legislador correísta Blasco Luna con su voz y sus maneras de profesor de Educación Física de escuela militar de pueblo. Va encorsetado en una camiseta de la selección tricolor en la que ha mandado a inscribir las palabras “Pabel alcalde 2023”, con las cuales se pasa por el forro la ley electoral en el recinto mismo donde esa ley y todas las demás fueron paridas: el salón plenario de la Asamblea Nacional. “No logramos conseguir los puntos -continúa- pero ustedes están en nuestros corazones”. Y propone: “Me adelanto, presidente: la Asamblea debería llamar a los seleccionados del Ecuador para condecorarlos por ese acto heroico de llevar el nombre de la selección del Ecuador a nivel mundial y dejar en alto que parte del Ecuador sí vale la pena”. Y sí: al menos parte sí vale la pena. Cómo negarlo.

Es el principal aporte de Blasco Luna al trascendental debate sobre la proforma presupuestaria para el año 2023, que tuvo lugar esta semana en la Asamblea. Mejor dicho: el único de sus aportes que será recordado. Porque cuando el Pleno llame a los integrantes de la selección para condecorarlos (cosa que muy probablemente hará, pues no tiene mejor manera de ocupar su tiempo y porque casi todos sus integrantes piensan que semejantes babosadas los hacen populares), cuando los jugadores desfilen por el hemiciclo y Virgilio Saquicela los reciba con los brazos abiertos y un gesto risueño de esos que en el argot capitalino llaman “sonrisa de chancho de Sangolquí”, entonces Blasco Luna podrá pedir la palabra y recordar a todos: “Yo me adelanté, la idea fue mía”. Y otra vez: cómo negarlo.

Blasco, el adelantado. Ni mejor ni peor que sus compañeros de bancada: en el justo promedio. Es de los que son interrumpidos cada tanto con cerradas ovaciones, vivas, bravos, gritos de júbilo de los suyos. Como cuando critica la proforma del Gobierno y pide fiscalizar una partida presupuestaria para la colegiatura de los representantes consulares. “¡Plata para los hijitos bonitos de los que van en representación consular -se retuerce de las iras-, alrededor de un millón de dólares! ¡Y a los jóvenes no les dan un cupo en la universidad! ¡ Qué no me voy a indignar con eso pues... (aquí hace el amago de contener la exclamación que está a punto de brotar y que todos imaginan, probablemente la palabra con ch), legisladores!”. Rompe en sonoros aplausos la bancada. “¡¡¡Uuuooouuu!”, grita uno. “¡¡¡Bravo!!!”, exclama otro.

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Lo dicho: Blasco Luna es el ejemplo perfecto del legislador ecuatoriano promedio. Y su discurso, la muestra de cómo la Asamblea encara un tema tan importante como el del presupuesto del Estado. Si Luna, integrante de la Comisión de Régimen Económico, es uno de los que elaboraron el informe respectivo, lo demás es fácil de imaginar. El nivel del debate lo marca la disidente de Pachakutik devenida en correísta de corazón Mireya Pazmiño, presidenta de la comisión y ponente de un informe que explica con dificultad porque es una persona de muy baja comprensión lectora. Ella pone la vara a un nivel muy difícil de igualar: bajo rasante. “En cuanto al precio de barril de petróleo -dice-, vemos que se ha sobreestimado la cantidad o el precio del barril de petróleo, poniéndole en 65 dólares el precio de barril de petróleo, cuando las agencias internacionales dicen que más o menos estará el precio de barril de petróleo estipulado en los 90 dólares el barril de petróleo”. Obviamente, quiso decir “subestimado”. El barril de petróleo, por si no quedó claro.

Se refiere al precio promedio consignado por el Gobierno en su proforma presupuestaria como base para calcular los ingresos del Estado por ese rubro. ¿Qué pueden decir al respecto los Blascos Lunas que pueblan el salón plenario? Pazmiño y toda la oposición con ella creen que el cálculo de 65 dólares es muy conservador y proponen una solución muy simple a los problemas de la patria: según ellos, todas las estrecheces y dificultades económicas se solventarían con creces nomás con fijar un precio más alto. “Si nosotros le quitamos, o minimizamos o conservamos esa cifra del precio de barril de petróleo -dice Pazmiño confusamente-, estamos nosotros quitando inversión, obra pública para los ecuatorianos, estamos quitando más eh... más espacios para los estudiantes, estamos nosotros quitando más carreteras para los ecuatorianos, estamos nosotros quitando lo que es para la salud”. Y tantas otras cosas. A Blasco Luna, por ejemplo, le preocupa que no haya plata para repatriar cadáveres. Tiene al canciller entre ceja y ceja.

En términos generales, los asambleístas creen que basta con multiplicar el precio del barril por el número de barriles para obtener la cifra de ingresos que va directamente al presupuesto. Fernando Villavicencio les explica que no es así, que el costo de producción de cada barril (gracias a los contratos lesivos suscritos por Rafael Correa) es superior a los 30 dólares; les habla además de la penalización que pesa sobre el crudo ecuatoriano por motivos de intermediación indebida; todo en términos muy didácticos. Pero los otros ya traen sus discursos escritos desde casa y ninguna explicación técnica les hará cambiar de postura: hay que subir el precio del barril y punto.

A la socialcristiana Nathalie Viteri, en cambio, le parece que es una discusión intrascendente. Que el precio del petróleo, simplemente, no interesa. Lo que importa son las lágrimas del pueblo. “Dejen de discutir que si está en 65 -reclama-, que si subió al 90 y algo, cómo pueden hablar de esos números tan fríos sin tener en cuenta qué representa cada número. Vean una cara en la calle y pregúntense qué necesita, vayan a los pueblos, a los cantones, a las provincias y vean lo que requieren. Cuántas medicinas, cuántas personas llorando afuera de un hospital, cuántas crisis carcelarias, cuánta inseguridad y estamos analizando que si sube 10 dólares más o 10 dólares menos el presupuesto”. ¿Qué propone? Probablemente, repartir cilindros de gas gratis, como su hermana alcaldesa.

Finalmente, la proforma fue rechazada por la Asamblea. Una resolución sin consecuencias porque la ley permite al Ejecutivo acoger o no el informe del Legislativo. Y tendría que ser muy burro para acogerlo. Como dijo Blasco Luna: “Como es costumbre, entrará por el ministerio de la ley. Pero que quede constancia que la Asamblea no ha faltado ni faltará, por lo menos los legisladores que sí vinimos a dignificar el quehacer político por el bien de las y los ecuatorianos”. “¡Bravo!”. “¡Bieeen!”. “¡Uuuooouuu!”. Horas más tarde y a propósito de otro tema, en un arrebato de dignidad política, Blasco Luna se dirigirá a pasos rápidos a la curul del legislador Salvador Quishpe para molerlo a golpes por el bien de las y los ecuatorianos. El asambleísta ecuatoriano promedio es un gorila.

¿Reforma constitucional? sí, pero...

Que el informe de la Asamblea sobre la proforma presupuestaria no tenga carácter vinculante y que el Ejecutivo, en consecuencia, pueda ignorarlo por completo, es un absurdo político propio de una Constitución hiperpresidencialista como la de Montecristi. Existe un proyecto de reforma, firmado por asambleístas de todos los partidos de la legislatura anterior y avalado ya por la Corte Constitucional, que está listo para ser debatido por el Pleno. De hecho, debió serlo el viernes, pero la sesión fue suspendida. El proyecto busca otorgar a la Asamblea un papel más activo en la elaboración de la proforma y obligar al Ejecutivo a interactuar con ella en su confección definitiva. Todo lo cual sonaría bastante razonable, si no fuera por los Blascos Lunas y las Mireyas Pazmiños de la patria.

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