Esa cuerda de golpistas iletrados

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Esa cuerda de golpistas iletrados

No es una exageración afirmar que gran parte de la Asamblea Nacional está integrada por analfabetos funcionales.

Jhajaira Urresta
Correísta. Jhajaira Urresta, la reina del parlamentarismo iletrado, se dispone a destrozar el texto de su discurso que, como siempre, lleva escrito.Asamblea Nacional

“No me importa que un político no sepa hablar, lo que me preocupa es que no sepa de lo que habla”. Lo dijo don Manuel Azaña, a quien nueve de cada diez asambleístas nacionales no habrán oído nombrar en sus vidas. Hombre de letras y de principios, quien fuera presidente de la Segunda República española es famoso, entre muchas otras cosas, por una anécdota parlamentaria que lo retrata con bastante gracia: corría el año 1932 y los representantes del pueblo se disponían a aprobar la abolición de la pena de muerte. A gritos exteriorizaban los diputados su apoyo a la moción: “¡que se abola, que se abola!”, decían unos; y otros (porque el verbo abolir, conjugado en presente del subjuntivo, entraña sus dificultades) replicaban: “¡que se abuela, que se abuela!”. Entonces se puso de pie don Manuel Azaña y zanjó la cuestión gramatical con un grito claro y fuerte que silenció a todos: “¡que se abolezca!”. El neologismo, híbrido de abolir y aborrecer, fue aclamado de inmediato por su vigor expresivo, capaz de representar en una sola palabra los sentimientos que dominaban el ánimo de la mayoría. Semejante capacidad para expresar un momento político con creatividad verbal, humor y conocimiento del idioma se nos antoja ahora un lujo propio de otras latitudes y otras épocas.

Un lujo asiático, en verdad, considerando el páramo de cardos y plantas ponzoñosas que constituye la Asamblea Nacional ecuatoriana. Puestos en aquella sesión de las cortes españolas de 1932, la mayoría de nuestros legisladores ni siquiera entendería el chiste. Porque saber hablar no es un requisito ni remotamente exigible para los asambleístas ecuatorianos y nos hemos acostumbrado a creer que en eso consiste la normalidad. A tal extremo, que hay parlamentarios de primera fila, líderes indiscutibles de sus bancadas, hombres de confianza de los mandamases de sus partidos, personas, en fin, que se jactan de un cierto grado de cultura y hasta se consideran de alguna manera iniciados (en virtud de fidelidades masónicas que a estas alturas de la historia pueden significar cualquier cosa, basta con ver a este), y que son incapaces de hilvanar una frase con otra. Es el caso del socialcristiano Luis Almeida. Da risa verlo ensayar farragosas acusaciones, como esta que pergeñó contra la directora de aduanas:

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“No se trata -dijo adoptando un cierto tono confidente- que los narcotraficantes que no sé cuánto, que por aquí y por allá. La Comisión de Fiscalización ha hecho una fiscalización de un proyecto eólico minas de Huascachaca, en Cuenca, en la cual por 120 millones, y la señora de aduanas ha hecho importar o ha hecho dejar importar nacionalizando algo por 7 millones de dólares, una máquina para poner esas maquinarias que hay allá. Eso es lo que ha sucedido”.

El colofón es hilarante: “eso es lo que ha sucedido”. Menos mal que nos lo cuenta porque si no, no nos enteraríamos de nada. Como no nos llegamos a enterar jamás sobre las razones que tenían tan contenta, cierto día, a su compañera de bancada Nathalie Viteri. Joven promesa y rostro visible de las nuevas generaciones del socialcristianismo, la hermana de la alcaldesa se expresa de esta laya: “Me causa alegría que el excontralor, que además según las comparecencias a nuestra comisión del que ahorita dice que es contralor subrogante nombrado desde la cárcel, que no podría ser porque el COIP lo prohíbe, así que no tenemos contralor tampoco, lo nombró desde el 25 de junio, así que él mismo ya salió desde el 25 de junio porque lo dejó nombrado contralor y renunció el 5 de julio, o sea todo esto es un enredo, así que sí, sí me alegra”. Lo notable de esta intervención no es el español rastrero con el que está construida sino la ovación cerrada con que la premiaron sus compañeros de bancada... Y de la correísta.

Los legisladores lo ignoran, claro (como todo lo demás), pero ese tipo de construcciones verbales se llaman anacolutos: se definen por la inconsecuencia de su significado, de modo que una frase inconclusa se empalma con otra del mismo tipo, y luego otra, hasta obtener una acumulación de sinsentidos. Así, acomodando sinsentidos a martillazos se expresan los asambleístas. ¿Unos pocos? No: la mayoría, cuando no leen. Otros se caracterizan por su absoluta incapacidad para entender el uso y el significado de las preposiciones y demás elementos de conexión entre las frases. Como el correísta Walter Gómez, que explicaba de esta manera por qué el juicio político contra el Consejo de Participación Ciudadana debía centrarse sólo en cuatro de sus siete integrantes: “No se determinan responsabilidades políticas por parte de los consejeros y consejeras acusados de los otros cargos -dijo-, claro está, sobre cargos con los respectos a otros consejeros, por ejemplo, sobre la diferencia de los otros consejeros, porque hay más causales como designación del defensor del Pueblo encargado que no tiene nada que ver con el tema ilegal, no puede ser designado como defensor, ¿por qué? Por la cual ese criterio conlleva una categoría discriminatoria”.

Hay otros discursos simplemente inclasificables, como el de Comps Córdova, también correísta (caramba, qué coincidencia) a propósito de... Bueno, a propósito de algo incomprensible: "Mi intervención lo hablé de forma general, en ningún momento he tomado la particularidad en el caso del compareciente -dice Córdova en la Comisión de Fiscalización-. El compareciente, sin duda, al igual como todos, las pruebas de oficio las hemos aprobado aquí, y siempre lo hemos hecho de una manera unánime en lo posible, y por eso, lamento lo que le ha pasado a él, pero eso ya en término jurídico que se deben develar, y creo que en caso muy particular, lo que he hecho referencia es lo que está pasando actualmente también, con la misma similitud que ha pasado en Sucumbíos, y que a propósito por reclamar un derecho, lógicamente se cometió también ¡otro!".

“No me importa que un político no sepa hablar, lo que me importa es que no sepa de lo que habla”, dijo Manuel Azaña. Si hubiera conocido a estos ejemplares, habría reformulado su sentencia: porque nadie puede saber de lo que habla cuando habla de esa forma. La pregunta de cajón (¿de qué hablan los asambleístas?) habría que trasladarla a quienes les escriben sus discursos con estructuras gramaticales que no entienden y un vocabulario que les supera. Y ellos tampoco sabrían la respuesta. Miren si no a la correísta disidente de Pachakutik Mireya Pazmiño. Impulsora del juicio político al CPCCS, ponente del informe sobre el presupuesto del Estado, por sus manos pasan los temas más trascendentales de la patria. Sin embargo, verla leer los discursos que le escriben es revivir aquella sensación que tenía uno en primer grado de la escuela cuando el más bobo y holgazán de los párvulos se enredaba con un texto. Y no podía: “Dentro del cos. Constitucionalismo latinoamericano fuimos. Uno de los primeros países. Con Bolivia. Y en reconocer derechos y por tanto estamos. Lla. Llamados. A realizar acciones propositivas...”. Así leyó esta semana. Mireya Pazmiño dice "estése", en lugar de "esté"; "hagalón", en lugar "háganlo"; "chivo expiratorio" en lugar es "expiatorio", quizá porque cree que el chivo en cuestión se está muriendo. 

Otro tanto (si no peor) ocurre con la también correísta Jhajaira Urresta, la reina del parlamentarismo iletrado. Su caso se ve agravado porque en ella el odio la precipita aún más. Urresta dice “perjuicios” por “prejuicios” y ni se da cuenta. Dice “antimonía” por “antinomia” y ni se da cuenta. Y repite la palabra, seguramente ignora su significado. Donde la Constitución dice “organismo encargado del control de la utilización de los recursos estatales”, ella lee: “organismo encargado del control utilizado de los recursos estatales” y le da lo mismo, igual no entiende nada. Acusa a Yeseña Guamaní de incumplir sus funciones “dejando en alto el nombre de la institución que aún no cabe en sus cabales que está en la Asamblea”... ¡Y la aplauden! Cita como causal para destituir ¡al presidente de la República!: “No apropiar los espacios tampoco para que el pueblo tenga espacios de integración, sociabilidad, educación”.

Todo esto lo dice leyendo, claro, y cabe preguntarse qué diantres tendrá escrito. Y cabe preguntarse, también, así como con Mireya Pazmiño y muchos otros, a qué se debe tamaña incapacidad para descifrar un texto. Y la respuesta es obvia: estas personas son incapaces de leer de corrido sus discursos en el Pleno porque, fuera de él, no leen. Nunca. Nada. Y ahí están, sin embargo, redactando leyes. Más aún: componiendo informes para tumbar al gobierno. ¿Qué hacer con esta gente? ¡Abolecerla!

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